Por: Antonio Cordero
Llegarás con esa puntualidad sospechosa de los partidos que prometen algo más que noventa minutos. Llegarás, seguro, con Tibás iluminado y con el corazón brumoso haciendo ruido desde temprano, como si supiera que algo bueno puede pasar.
Yo no pido mucho. Pido que Cartaginés gane y siga creyéndose eso que ya es: un equipo que juega bien como quien llena el álbum del Mundial en la pulpería del barrio, sin mucha bulla y casi sin darse cuenta; el Cartaginés entendió, por fin, que el fútbol también se puede jugar con picardía, con sonrisa y con ganas, con esa dignidad silenciosa del que sabe sufrir, pero también disfrutar. Pido que continúe la racha, pero sobre todo el buen fútbol, que es lo que más me gustaría prolongar.
Pido, con cierta ingenuidad aprendida a golpes, que el VAR se quede callado. Que no se vista de protagonista, que no incline la balanza para nadie, que sea justo o que no sea. Que por una vez sea ese árbitro invisible que no arruina la foto familiar. Ni para unos ni para otros.
Pido que los delanteros brumosos recuerden cómo se define. Que cuando la pelota llegue al área no tiemble la pierna ni la historia. Que la red se mueva con convicción, como quien firma una carta importante sin dudar del apellido.
También pido algo simple y enorme: que sea lo que Dios quiera. Pero si Dios anda con tiempo, que mire el partido con la camiseta azul y blanca puesta. Que, si tiene que elegir, elija que gane Cartaginés… o que pierda Saprissa. Es casi lo mismo, pero no del todo.
No pido goleadas ni épicas exageradas. Me conformo con salir del estadio esa sensación rara de haber visto algo lindo. Con la certeza de que este equipo, pase lo que pase, está intentando algo honesto.
Eso nada más, domingo.
No te pido milagros.
Solo un partido justo, un Cartaginés valiente,
y que el fútbol, por una noche, se acuerde de ser fútbol.

